*Narra Christian*
Debería de estar contento. Debería más bien estar saltando de alegría porque al estar aquí, en esta isla, no estoy en una prisión. Pero a decir verdad, no sé que es peor. Si estar en la cárcel o encerrado en esta estúpida isla.
Algo me despierta de mis pensamientos. ____. Se acaba de levantar y se dirige a un lugar que desconozco. Esta última hora ha estado como ausente, pero a la vez triste. Y me da miedo el hecho de que me haya sentido mal por ello. Y lo que me asusta aún más. Estoy preocupado por donde irá. ¿Y sí se pierde? ¿Y si la ataca algún animal? ¿Y sí…? ¡Christian, por favor! ¿Tú, Christian Beadles, preocupándote por una niñata malcriada? Hace un día, pagaría por verlo. Hoy, me lo creo. Alucinante, ¿cierto? El cambio que puede dar la forma de actuar de una persona en tan poco tiempo. Solo por conocer, a la persona adecuada.
Y haciendo caso a mi corazón, la sigo. “Solo lo hago por curiosidad. Puro cotilleo. Que no tiene nada que ver con algún estúpido sentimiento.” Me intento auto convencer como un auténtico hipócrita. Pero no puedo. Ese nudo que tengo en la garganta y la presión en el pecho no son cosas producidas por la curiosidad y algo parecido. Es algo mucho más fuerte y que no estoy dispuesto a admitir. No de momento. El tiempo decidirá mi camino.
Estamos solo a treinta metros de donde está la hoguera y están las tiendas. De hecho, todavía se pueden ver desde aquí. Cuando de repente, se para en seco. Yo, inconscientemente, también lo hago. Y antes de que me de ni cuenta, se desploma en el suelo. Seguido de llantos, lágrimas y sollozos. Que hacen que en un solo instante, mi corazón se haga cachitos. ¿Es normal esto? No. No lo es. La presión en el pecho aumenta y el nudo de mi garganta es como si se apretara. Desgarrando. Me encuentro a apenas cuatro metros de ella. Pero decido acercarme. Está de rodillas. Poso mi mano en su hombro, acariciándolo. Se exalta. Quizás porque no esperaba con que nadie estuviese aquí. Se da la vuelta rápidamente y me mira extraña, interrogativa, buscando una respuesta a sus preguntas. Cosa que no va a obtener. La ayudo a levantarse. Y sin saber por qué, solo dejándome llevar, la abrazo. Apoyo su cabeza en mi pecho. Haciéndola saber que no está sola. Y que por muy poco que nos conozcamos y por muy malo que yo parezca, puede confiar en mí. O por lo menos, que sepa que tiene un hombro en el que llorar, desahogarse.
Tras unos minutos, decido romper el silencio que se había adueñado del ambiente. Pero sin dejar de abrazarla.
- Lo mejor sería que volviéramos. Ven, vamos.
Ella asiente con la cabeza. La suelto, pero veo que se está durmiendo y hasta le cuesta mantenerse en pie. La cojo en cuello. Al principio se asombra, pero está demasiado cansada para hacérmelo ver. La llevo hasta la tienda. Entro, todavía con ella en brazos, y la dejo sobre la manta. Hay una para dos personas, así que me temo que tendremos que compartirla. Y sin saber por qué, sonrío al darme cuenta de ello.
Escucho un gruñido. La miro. Me está mirando y eso me pone nervioso.
- Christian… –Pronuncia. – Necesito mear. –Ríe.
Suelto una pequeña carcajada.
- Ahora vuelvo.
Se levanta y sale de la tienda. Dejándome solo. Solo yo y mis pensamientos. Que se van convirtiendo más poéticos y profundos por momentos.
Y ahora me recuerdo al Christian de hace ocho años. Un sencillo niño que jugaba tranquila y pacíficamente. Un niño con un montón de ilusiones y sueños. Pero al que la gente insultaba y derruía por el simple hecho de llevar gafas y no ser exactamente como el resto. Y solo por eso, a un chico con muchísimo pensamientos para mejorar y hacer el bien a los demás. Le han convertido en un criminal. ¿Justo? No me lo parece. Pero ya se sabe, “la vida no es justa.”
Y en ese momento, ____ vuelve a entrar. Se soba los ojos y se tira hacia atrás en la manta. Bosteza. Se mete dentro y me mira.
- ¿No vas a dormir, o qué? –Suelta una sonrisa graciosa.
Y al no saber como reaccionar, o que decir. Prefiero callar. Esbozo media sonrisa y me tapo con la manta hasta el cuello.
- Buenas noches. –Susurra.
- Buenas noches. –Musito.
• Isla Desierta. 7:43am.
No he dormido casi nada en toda la noche. Pero tampoco es que las condiciones me lo permitan. Recuerdo que cuando era pequeño e iba a dormir a casas de amigos míos, me costaba mucho conciliar el sueño. Seguramente por el simple hecho de no ser mía la casa o puede que porque no era el sitio donde normalmente dormía. Pero de todos modos, me pasaba siempre. Y creo que no se me ha quitado esa manía con los años.
Miro a la izquierda y ahí está ____. Restregándose los ojos y estirándose. Cosas que había hecho yo hace apenas un minuto. Cae en la cuenta de que estoy a su lado y me mira. Esboza media sonrisa y se levanta. Como lleva pantalones cortos me doy cuenta de que todavía lleva mi camiseta por vendaje. Por suerte me he traído otra y estaban en la parte del avión que no había explotado. Así que las cogí. Pero no me apeteció ponerme alguna, todavía.
- Buenos días. –Musita sonriente.
Es extraño. Cualquier ‘niña de papá’ como ella y se hubiera tirado desde un acantilado por el hecho de estar aquí y tener que trabajar. Y sobre todo, sin tener cualquier tontería que las haga felices. Pero ella… ella hasta parece algo feliz. Por lo menos hoy, porque ayer parecía al revés. Pero tuve la corazonada de que no era por ninguna tontería.
- Buenos días. –Intento parecer frío.
Aunque por pena, ella ya ha conocido al Christian que se oculta tras toda esta fachada de chico malo. ¿Cambiará eso nuestra relacción?
- ¿Qué quieres desayunar? –Me pregunta mientras sale de la tienda de campaña. Y yo detrás.
- ¿Me vas a hacer el desayuno? –Pregunto realmente confundido.
¿Hace cuanto que alguien no se molesta ni si quiera en hacerme el desayuno? ¡Ah, sí! Nadie nunca lo ha hecho.
- Es lo menos que puedo hacer, ¿no? Si no fuera por ti anoche, podría estar ahora mismo perdida, o muerta. –Dice seria, pero a la vez con un todo divertido.
Y sin pedirme ni permiso, mi corazón da un vuelco al pensar que ella podría estar… ¡No, no y no! Eso no ha pasado y no permitiré que pase jamás.
- Bueno, Christian, entonces ¿qué quieres desayunar? –Vuelve a decir.
- Nada, vamos a esperar a Clara y Liam.
Ella asiente. Y de repente, estamos en silencio. Ninguno de los dos se mueve o articula palabra alguna. Pasan unos cinco minutos, cuando ella decide romper el silencio.
- Bueno y… ¿de donde eres? –Dice. Seguramente para sacar algún tema de conversación.
La miro. Me sonríe de una manera que transmite confianza.
- Soy canadiense. Pero viví desde los doce años en los Estados Unidos. –Le confieso.
Nunca me ha gustado decirle datos privados a la gente. Y sobre todo si la acabo de conocer hace tan poco. Pero sentí que no tenía una mala intención cuando me lo preguntó. Simplemente hablar de algo por no aburrirnos o porque le incomodan los silencios entre dos personas.
- ¿Y tú?
- De los Estados Unidos. –Eleva los hombros y sonríe.
- ¿Y de qué parte?
No sé por qué. Pero no me siento incómodo hablando con ella. Todo lo contrario, me gusta.
- Nací en Nueva York, aunque ahora suelo estar siempre de viaje, o bueno, solía. –ríe.- Pero cuando tenía tiempo libre, normalmente iba a mi casa de Atlanta. ¿Y tú?
¿Atlanta…? ¿En serio?
- Pues yo nací en Stratford, pero vivía también en Atlanta. –Sonrío.
- ¿En serio? –Asiento y ella sonríe.
Clara y Liam salen en este momento de la tienda. Sonriendo a más no poder. Estos dos acaban liados, seguro. Pero bueno, no soy nadie para decírselo.
- ¿Desayunamos? –Dice ____, otra vez con una sonrisa.
- ¡Vale! –Dice Clara.
Desayunamos. Ellas dos hablando y nosotros en silencio. No tengo nada que hablar con ese. No me cae mal ni nada, de hecho, ni si quiera le conozco. Pero por eso mismo. Siempre me han enseñado a no confiar en tíos que acabo de conocer. Y eso no va a cambiar porque esté aquí.
Han pasado dos horas y hemos decidido repartirnos en grupos. Liam y Clara y ____y yo. Ellos se van a quedar construyendo la casa por dos horas y nosotros a coger comida. Y después nos cambiamos. La verdad es que me parece buena idea. Sobre todo lo de formar grupo con ____. Y no me preguntéis por qué.
Estamos en medio del bosque. Buscando comida cuando recuerdo la noche anterior. Estaba llorando. Pero, ¿por qué? No pude dormir pensando en ello y ya no puedo más. Puede que no nos conozcamos mucho, pero me preocupa el “por qué” así que, haya voy.
- ____. –Digo. Me mira. - ¿Por qué llorabas ayer?
*Narra ____*
Y otra vez me viene a la mente lo que llevo evitando todo el día; Mike. El hecho de que ayer me encontrara así de triste, era él. Llevábamos juntos como tres años y lo quería muchísimo, aunque no le echaba tanto de menos como yo esperaba. Pero daba igual, le quería ¿no?
Me quedo quieta. Sin saber que responderle o simplemente hacer. Es uno de esos momentos en los que quieres salir corriendo. Pero no lo voy a hacer. No.
- Por… por una persona. –Consigo decir.
Frunce el ceño.
- Ya bueno, pero… –Se rasca la nuca con la mano derecha. - ¿Por quién?
Y vuelvo a no saber que decir. ¿Le cuento todo lo de Mike o…? ¿O qué? Y mi instinto sale a la carga. Espero que no la cague.
- Bueno por… por alguien muy especial.
- Oh… -Casi susurra.
Esboza media sonrisa, pero más bien falsa. Me encanta su sonrisa, aunque solo la haya visto pocas veces. Y reconozco cuando es de verdad y cuando no.
Estuvimos las dos horas callados, haciendo lo que teníamos que hacer. Me sentía mal y ni si quiera sabía el por qué. Siento algo raro cuando estoy con Christian y eso me asusta. Y aún más sabiendo que estoy con Mike y le quiero. O por lo menos me estoy convenciendo de eso. De repente nos damos cuenta de que tenemos que volver y sin decir nada emprendemos el camino de vuelta al pequeño campamento.
Miro hacia arriba porque me ha caído algo. El cielo está oscuro y comienza a diluviar. La temperatura ha bajado como unos veinte grados de repente. Y empieza a rugir. Nos faltan unos quince minutos para llegar y nos damos cuenta de que no. No llegaríamos de una sola pieza. Así que, decidimos parar y sentarnos debajo de un árbol
Si la naturaleza nos quería matar, nadie se lo podría interponer.
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