*Narra _______*
Abro lentamente los ojos. Estoy desconcertada; me acabo de despertar. Entonces, me doy cuenta de que sigo abrazada a Christian. Lo más seguro es que no le haya soltado en toda la noche.
Intentando que no se despierte, me separo poco a poco de él. Al liberarme totalmente de sus brazos, me estiro y miro la hora en el reloj de muñeca que tengo. Son las siete de la mañana todavía. No tengo sueño, así que me levanto y salgo de la tienda tras haberme puesto los zapatos – Claramente dormimos con la ropa que utilizamos por el día. Es una isla desierta, no un hotel. –. Me siento en uno de los troncos que pusimos alrededor de donde encendemos la hoguera y miro al cielo.
Me siento inferior. Impotente de no poder salir de aquí. Pensar que los pájaros sí que podrían hacerlo, y de todos modos, los humanos nos sentimos superiores a ellos. No saben lo que daría por poder echar a volar y sentirme libre. Libre de verdad, por una vez. Solo el aire en la cara y el cielo azul de fondo. Pero claro, eso es imposible.
Desde que llegué, solo le he visto los contras a esta situación. ¿El pro? Christian. Sí, él. ¿Por qué? Porque me he dado cuenta de que…
- Hola ______. –Me saluda una voz jodidamente conocida.
- Chris. –Sonrío, intentando no pensar en la casualidad.
- ¿Qué tal te despertaste hoy? –Me pregunta, con una sonrisa tan hermosa como es cada una de las suyas, mientras que se sienta a mi lado.
- Bueno, normal. –Musito. - ¿Y tú? ¿Algo nuevo?
- Pf, pues no. –Ríe levemente.
Silencio. Un silencio incómodo. ¿Alguna vez lo habéis sentido? Yo muchas veces. Es como cuando estás en un ascensor, con un vecino y nadie habla. Sientes el impulso de preguntarle algo “¿Qué tal?”, por ejemplo. Pero Dios sabrá por qué, solemos quedarnos callados. Pues es más fácil.
Eso mismo es lo que ahora siento. Y por muchas cosas que querría preguntarle, me quedo callada. Como una tumba que oculta lo que nos da miedo. Miedo preguntar, y decir, decir la verdad.
- ¡Chicos! –Por suerte, o desgracia, Liam nos interrumpe con su ya conocido buen humor.
- ¡Buenas! –Exclamo, levantándome. – Ya casi ni os vemos, eh. Y mira que es difícil. –Suelto una carcajada.
- Sí, bueno… –Comienza a decir Clara. – Nosotros queríamos deciros una cosa, ya que según parece, vamos a ser amigos mucho tiempo. –Sonríe de oreja a oreja, feliz. –Desde ayer por la noche… Bueno, que… –Hace una pausa.
- Estamos juntos. –Dicen los dos, al unísono.
Esbozo una grande y feliz sonrisa y les abrazo a los dos. Christian me sigue, y hace lo mismo. Me alegra que su estancia en esta maldita isla vaya a ser mucho más agradable por tener a la persona a la que quieren, al lado, apoyándolo.
- ¡Estoy muy contenta por vosotros, chicos! –Exclamo, tras deshacerme del abrazo.
- Y yo. –Afirma Chris, sonriendo.
Ambos sueltan una risita nerviosa. Y su tímida vergüenza se ve manifestada por el color rojizo que les sube a la cara.
- Gracias, chicos. –Nos dice Liam, seguramente muy feliz de estar junto a ella. Junto a Clara.
- Sí, eso. –Le apoya ella.
Uno. Dos. Tres segundos de silencio. Que Liam, decide romper.
- ¡Bueno! No era solo eso lo que os queríamos decir. –Se miran, cómplices. – Que… Bueno, que pensamos que lo mejor sería ir a investigar por la isla. Como ya sabéis, yo sé bastante de lo que es estar perdido, y algo que siempre me dijeron, es que lo mejor es separarse, sin dejar a ninguno solo, y después de un tiempo, volver a encontrarse en un mismo sitio. Siguiendo unos patrones. ¿Qué os parece?
Ahora aparenta aún más felicidad. Seguramente porque va a pasar tiempo a solas con Clara mientras que ‘investigan’. Porque está más que claro que ellos van a ir juntos. Así que… Voy a tener bastante tiempo para conocer a Chris.
- A mí me parece bien. –Comenta mi compañero de tienda, seguro de lo que dice. O por lo menos eso es lo que me dice su tono de voz.
- Yo también estoy de acuerdo. –Curvo mis labios, sonriendo levemente. - ¿Cuándo empezaría la ‘investigación’?
- Lo mejor sería que lo dejáramos todo preparado esta mañana, y que por la tarde, tras comer, ya nos separáramos. ¿Vale?
- Tú mandas. –Digo, y suelto una sonrisa.
Al terminar de desayunar, nos sentamos en los troncos a organizar todo lo que vamos a hacer.
- Mirar, ayer me subí a un árbol alto y descubrí que la isla no es del todo muy grande. Los mejor, y más seguro para todos sería que permaneciéramos separados y buscando una semana. Al cabo de ese tiempo, volveríamos aquí. –Nos propone Liam.
- Ya… Pero… ¿Y si no sabemos cómo volver? Puede que la isla no sea muy grande, pero sé que es lo suficiente cómo para que nos podamos perder y no volver a vernos en mucho tiempo. –Comento, algo preocupada.
- Tranquila. –Me dice Liam. – Eso ya lo tengo todo planeado, escuchar. Cada grupo, llevará un Walky Talky para poder comunicarse. Vosotros –nos señala a Christian y a mí. –, iréis hacia el oeste. –Apunta con su mano a uno de los lados, mientras que mira su brújula. – Y nosotros. Al este. –Apunta al lado apuesto. – Todos llevaremos comida y agua para dos semanas. Una brújula, un reloj, mantas y lo necesario para sobrevivir. Y a parte, un permanente blanco.
- ¿Para qué? –Me roba mi pregunta Chris.
- Pues para lo que decía ______ antes. El primer kilómetro de árboles, hay que pintar el tronco de cada uno en fila. Precisamente, para que podamos seguir le rastro y llegar a volver. Pero importante: Si algún grupo llega aquí antes que el otro, se tiene que quedar. Por lo menos un mes. Y sí después de ese tiempo, se tiene que ir por alguna causa, que deje una nota, diciendo a donde va, por qué y que ha estado aquí. ¿Está todo claro?
Todos asentimos.
Nos pasamos el resto de la mañana preparando todo. Ya a las dos, acabamos. Comemos todos juntos. La última en una semana, o puede que más. Y eso es lo que más miedo me da. El hecho de perdernos aún más. Pero… ¿Sabéis qué? No me dan tanto miedo. Para nada. ¿Por qué? Porque voy a estar con Christian. E inconscientemente, con él, me siento bien. Me siento segura. Y por eso sé, que nada malo nos va a pasar.
- Bueno chicos, llegó la despedida. –Dice Clara algo triste, mientras que nos abrazamos todos.
- Adiós tortolitos. –Digo curvando los labios, en señal de tristeza.
- Pero tranquilos, que solo va a ser una semana. –Dice Liam sonriendo.
- Eso espero… –Murmuro.
- ¡Adiós! Que os vaya bien.
Nos despedimos, y acabamos poniendo rumbo. Rumbo a un lugar desconocido.
Hace apenas un minuto que nos hemos marchado. Vamos pintando todos los árboles con crucecitas. Todavía ninguno a mediado ninguna palabra, y creo que es momento de hacerlo. Porque como nos pasemos toda la ‘semana’ así, vamos a tener un problema.
Pero justo cuando voy a abrir la boca para hablar, él me interrumpe.
- ¿Estás bien? –Me pregunta. Tan atento como siempre. - ¿No tendrás miedo, no?
Sonrío.
- No, tranquilo. Y sí, estoy bien. –Digo elevando los hombros.
Y sonríe. De esa manera tan suya. Que creo que sería capaz de sacarnos de aquí. Porque me hace volar, llegar al cielo. Rozarlo con las yemas de los dedos, y regresar a tierra en un segundo.
- Pero bueno –comienza –, que sepas que no va a pasar nada malo, ¿si?
Asiento con la cabeza. Algo me hace cosquillas en la mano. La miro, y veo a una araña. No muy grande. Pero les tengo un pánico terrible. Suelto una grito muy, muy agudo y sacudo la mano, cerrando fuerte los ojos.
- ¡Eh, ______! ¿Qué pasa? –Se acerca rápidamente a mí, preocupado. Y aunque no lo veo, lo siento. - ¿Qué ocurre? –Vuelve a cuestionar en el mismo tono.
Me cuesta pronunciarlo, pero al pensar que con la de manotazos que le he dado ya al aire de ha debido de ir, decido parar de mover la mano y abrir los ojos.
- U-una ara-aña. –Tarmudeo.
El curva los labios y agarra mi mano derecha, observándola. La acaricia con las yemas de los dedos, y os puedo decir que nunca he experimentado sentimientos iguales. Un millón trescientos mil cuatrocientos sesenta y ocho escalofríos, aproximadamente, recorren todo mi cuerpo, mientras que un agujero invade mi estómago y un nudo ocupa mi garganta. ¿Es normal? No me lo parece.
- Pues no tienes nada. –Dice. Me sonríe de nuevo y, al instante, me relajo.
- Bien. –Digo, en un suspiro.
Deja caer mi mano lentamente y me fijo en que mete el permanente en su bolsillo delantero del pantalón.
- ¿Y los árboles? –Pregunto, confusa.
- Ya hemos recorrido un kilómetro. –Carcajea.
Frunzo el ceño, cada vez más extrañada por sus palabras.
- ¿Qué? –Cuestiono atónita.
- Pues eso. Pero parece que estabas tan absorta en pensamientos que ni si quiera te diste cuenta. –Musita gracioso.
Si él supiera…
- Pero… ¿Y cómo sabes lo que llevamos de recorrido?
Saca de su otro bolsillo la brújula. La observo, ladeando la cabeza en señal de no entender.
- Este aparato tiene de todo. –Me explica. – Y una de las cosas, es un contador de kilómetros. –Me señala un el uno que marca. - ¿Lo ves? –Dice, con una sonrisa.
- Sí, sí. –Asiento tras haberlo comprendido todo.
De repente, nos quedamos mirándonos a los ojos a medio metro de distancia. Pasan unos segundos, y ninguno de los dos se mueve. Como una fotografía que captura y congela el momento.
Y en ese momento. En ese mismo instante, me entran unas ganas enormes de abrazarle. ¿Nunca sentisteis esa sensación? Es como si él fuera un imán y yo un trozo de hierro. Una atracción natural, nada artificial. Pura química. Y parecido a una ley física. Como si él fuera un peluche súper mono al que nadie se puede resistir a abrazar.
Así que, pongo las cartas sobre la mesa.
- ¿Te puedo abrazar? –Cuestiono, con el corazón en un puño.
Me observa frunciendo en ceño unos escasos tres segundos. Entonces, esa cara confusa se transforma en una cálida y grande sonrisa que me reconforta por dentro. Casi diciéndome que quiere que lo haga. Me atrevo a decir casi, que lo necesita.
- Claro que sí. No lo preguntes, solo hazlo. –Musita, y abre los brazos.
Ahora la que sonríe soy yo. Doy un paso hacia él y le abrazo con fuerza. Él me lo corresponde. Y ahora, ahora ya sé como puedo volar. Ya sé como puedo sentirme libre. Ya sé como puedo irme de esta isla, aunque solo sea por unos segundos. Simplemente, estando junto a él. Él, él, y solamente él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario